Andrés Berterreche  

Dónde la dignidad, dónde el regocijo

09/11/2016

Caminaba por un barrio de Montevideo un fin de semana de esos que, entre tormenta y tormenta, aparecía tibio y luminoso. El paseo errático me llevó a una feria vecinal, y como ya he comentado, mi debilidad por los viejos libros me condujo por esa romería del comercio informal. Después de unas cuantas biblias y desactualizados textos escolares mi mirada se fijó en un libro que tenía en su tapa la reproducción de una parte de una pintura que alguna vez había visto en un museo. Eso me llevó a mirar mejor el libro y constatar que era una antología personal de Eduardo Galeano.

Después de un breve y obligado regateo lo compré y volví sobre mis pasos en la mañana de sábado de una primavera jaqueada. Con riesgo de tropezar y caer fui ojeando el producto recién adquirido. Este libro de Galeano había sido publicado por el Ministerio de Educación y Cultura en 1993 durante la Presidencia del Dr. Lacalle y su Ministro era el hoy editorialista del diario El País, Antonio Mercader. Tal vez por prejuicios me sorprendió que en esa época desde el propio Estado se publicara un libro de Galeano. Tal vez no me sorprendí tanto al ver que podía ser la consecuencia de la sensibilidad de Julián Murguía, que era el Director del Instituto del Libro en aquél momento.

Pero no era un libro común. Era parte de una colección denominada “Brazo Corto”, nombre por cierto que también me llamó la atención. Al hojearlo me encuentro con la explicación de que era un libro pensado para lectores con problemas de visión, y la solución tecnológica a tales efectos era la de agrandar la letra en la impresión. Debo decir que a pesar de tan loable intención, me saqué los lentes y con mi necesidad de algo más de dos dioptrías me fue imposible leer ni una oración.

Yendo por la bajada de Castro hasta el Viaducto fui pensando: la solución para acercar la lectura a los ciudadanos era agrandarles la letra a los libros, y como dije, creo que infructuosamente. Desde el 2005 las políticas fueron por crear un hospital de ojos y generar miles de operaciones para que los uruguayos pudieran ver mejor. Vaya diferencia.
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Antes del 2005 la tarjeta de aspirantes a tierras del Instituto Nacional de Colonización terminaba con un degradante “Recomendado por: …” Era una suerte de institucionalización del tráfico de influencias. De aquellos polvos vienen estos lodos que en estos días aparecen en prensa.
Costó mucho ir ordenando el Instituto y todavía quedan, dando siempre las garantías del caso, cosas por ordenar. Se decidió que el acceso a la tierra debía hacerse en concordancia con nuestro primer origen, el Reglamento de Tierras de 1815, y que los más infelices fueran los más privilegiados. Así, los trabajadores rurales, los productores familiares con riesgo de ser expulsados de la tierra, debían ser la prioridad. Luego de esas y otras definiciones de este tipo eran los técnicos funcionarios del Instituto los que hacían la selección, tratando de dar  la “asepsia” necesaria, evitando confundir lo político con lo partidario.
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La familia Garay son productores familiares de Lavalleja. Hace más de una década —13 años para ser más precisos— que viven de la agricultura y cría de animales en su fracción de algo más de 5 hectáreas. Llegaron a vender sus productos a la Intendencia, y cuentan orgullosos que tuvieron un record de una de las cebollas más grandes producidas en nuestro país. A la pareja le ayudaba uno de sus hijos que lamentablemente después de una enfermedad, falleció siendo muy joven.
Pero además están siendo desalojados de su único medio de vida. Porque la chacra que les dio una vida digna era ocupada por una entrega de palabra por parte de la Intendencia de Lavalleja, ya que es la propietaria de ese terreno. Vaya a saber por qué motivo, yo intuyo al menos uno, de carácter ideológico y de política menor, que se llegó a esto.
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Cuando un exitoso empresario devenido en político outsider, tentador de cuadros de medio pelo de los partidos tradicionales, dice que todo se reduce a temas de gestión, se olvida —y yo creo que intencionalmente—  que la gestión no está exenta de consideraciones políticas. Y si no, releamos los ejemplos anteriores.
Libros de letras grandes contra Hospital de Ojos, muñequeos explícitos y expulsión de familias por diferencias partidarias contra definiciones políticas públicas y transparentes del acceso a la tierra sin preguntar a quién votan.
Nunca me gustó la expresión de Saravia de “Dignidad arriba y regocijo abajo”, lisa y llanamente porque no considero que esté bien que exista un arriba y un abajo. Pero lo que está claro, a la luz de estos ejemplos es la poca dignidad de algunos de “arriba” y el poco interés de parte de los políticos del espacio conservador liberal de la oposición en el regocijo verdadero de los de “abajo”.

Publicado en elcambio.uy