Manuela Mutti  

¿Vivo en un país libre?

09/10/2017

El daño colateral más importante o -mejor dicho- la contradicción más grande, violentamente encerrada en el “todos los políticos son iguales”, es que puedan pasar desapercibidas nuestras críticas al propio sistema que nos hace en cuánto tales.

Voy a evitar hablarles de izquierdas o derechas, como banderas inamovibles, para evitar ser más subjetiva de lo que en este momento estoy siendo: una política hablando de los políticos. Porque en realidad quiero hablarles del sistema que nos encorseta, y quiero hacerlo desde adentro, prefiriendo el ahogo de las palabras al de la indiferencia.

Y es que puedo compartir interminables conversaciones con mis compañeros, sobre cómo transformar el “poder” que nos transfiere esta democracia representativa y en el marco de un totalitarizante capitalismo, sin que la contradicción de ser juez y parte sea lo relevante. Pero, ¿cómo hacerle entender a las personas que, siendo legisladora y oficialista, puedo -y de hecho lo hago- trabajar para erradicar las inequidades multiplicadas por este sistema del cuál soy juez y parte?

La crítica, dice Todorov (“El arte o la vida” 2010): “…no tiene necesidad de ser calificada por un adjetivo: le basta ser, plenamente, crítica”.

Primero lo primero
En la tarde del 25 de setiembre nos enteramos de la paliza que le propinaron a un trabajador rural en el establecimiento “Flor del Ceibo”, Estación Itapebí – Departamento de Salto. Y no voy a extenderme en consideraciones porque lo estamos trabajando en todos los niveles (legislativo, ejecutivo y judicial), pero no podía dejarlo pasar por alto, sobretodo porque es el problema que nos desvela: ¿cómo controlar que no se socave el ejercicio pleno de los derechos? ¿cómo incentivar la apropiación de los mismos?

Por suerte (trabajo, más que suerte) hemos podido legislar sobre un montón de problemáticas, algunas de ellas históricas. Pero, así y todo, todavía no conseguimos atravesar las porteras feudales, encerradoras de humanidad.

Cuando la ‘teoría del derrame’, se seca
Nadie podría trabajar o estudiar sin estar alimentado, al menos nadie debería hacerlo. Y bajo esta premisa fuimos, como frenteamplistas, recomponiendo el devastado aparato productivo, entendiendo que el camino hacia una sociedad justa no pasaba por encontrar nuestra comida en la basura. ¡Lo hicimos bien! Alcanzando estándares que nos valieron y nos valen el reconocimiento regional e internacional, aunque algunos de estos no nos llenen el ojo por provenir de instituciones que perdieron la perspectiva humana en el análisis y solución de los problemas mundiales. 

Y se nos vino la desaceleración encima, que no es económica, más bien imaginativa. Aunque, ¡pobre imaginación!, tampoco es ella la culpable de que encontremos en las fluctuaciones de los commodities las razones para no profundizar nuestro verdadero renacer, lo más independientemente posible de los centros de poder.  

Porque ningún término traído de los pelos, de ninguna ciencia traída de los pelos, explican la distancia entre el avance de la ciencia y el retroceso en la distribución de sus frutos. La ciencia nada tiene que ver con la desigualdad, y la economía se va a quedar calva si sigue discurseando con la crisis buscando disimular la -todavía imparable- concentración de la riqueza.     

Una nueva concertación
La crisis del 2002 fue la culminación de un ciclo económico marcado por la debacle y, tal vez, fue el empujoncito final que llevó a que medianos productores se acercaran al Frente Amplio para elaborar una estrategia política que revirtiera un deterioro que comenzó en los 80’, se agravó en los 90’ y reventó durante el gobierno de Jorge Batlle.

Logramos -como dije- recomponer el aparato productivo. Con política y con la paciencia necesaria de tener que soportar, hoy, las críticas de quiénes en su momento se beneficiaron, pero que hoy se asumen como el eslabón más fuerte de la cadena. Y, como es de esperar, les molesta la competencia. Más, cuánto más la apoye el Estado.

Pero, además y a pesar de ellos, estamos hablando de capitalismo. Un sistema de producción que, como decía el capitán -y expresidente de Burkina Faso- Thomas Sankara, “… genera un puñado de súper ricos (cada vez más ricos) y un océano de desesperados”.

Y no hay gobierno que pueda revertir la tendencia, si no es capaz de cuestionarse a quién dirige sus esfuerzos. Y no hay productor, sobretodo pequeño y mediano, que sobreviva a la lógica acumulativa si no es capaz de entender la necesidad de juntarse y sumarse a los actores del cambio. Siendo parte propositiva del mismo, relativizando las diferencias político-partidarias porque lo que está en juego es la subsistencia.

Lo hemos visto y lo vemos en Salto: productores lecheros, horticultores, apicultores.

Conversemos, construyamos las soluciones a los problemas inmediatos, sin dejar de pensar que otras formas de organización y de relacionamiento son necesarias.