Sebastián Valdomir  

De qué hablamos cuando hablamos de “restauración conservadora”

08/05/2016

El momento político que vive la región ha venido siendo analizado en los últimos meses desde dos planteos: por un lado, como un “agotamiento” de los gobiernos progresistas; por otro, como un proceso en curso de “restauración conservadora” mediante una ofensiva política de los sectores de derecha y los centros de poder mediático, financiero y jurídico.

La situación actual, mirada con los lentes de tan solo dos años atrás, resulta chocante: grandes dificultades para enfrentar la arremetida derechista en Brasil y Venezuela, derrotas electorales del kirchnerismo en Argentina y en Bolivia, problemas para mantener la iniciativa política en Uruguay, Ecuador y Chile, que lleva a vacilaciones y rumbos erráticos desde el punto de vista político.

Cuándo se habla de “restauración conservadora”, desde lo general se hace referencia a procesos reaccionarios en lo social y político a las transformaciones que han tendido a democratizar nuestras sociedades, y donde se articulan por lo menos cuatro elementos.
Por un lado, está la emergencia de nuevos liderazgos derechistas, asociados con perfiles provenientes de fuera de la “política tradicional”, relativamente outsiders, personajes exitosos en el terreno empresarial o que impulsan un discurso alejado de la política. Se presentan a sí mismos como envases sin contenido ideológico (“ni de derecha ni de izquierda”) que vienen a sanear la gestión del Estado. Ante el supuesto “agotamiento de la política para resolver problemas de la gente” proponen aplicar el enfoque de la gestión técnicamente neutra, ascéptica y “ordenada”.

Algunos ejemplos de este tipo de perfil son Capriles en Venezuela, Mauricio Macri en Argentina o Aecio Neves en Brasil. En Ecuador pasa lo mismo con Guillermo Lasso, y Samuel Doria Medina en Bolivia. En sentido estricto no son recién aparecidos en la escena política sino que tienen experiencias previas en diferentes niveles de representación pública. Sus posibilidades de liderar procesos de restauración se explican por la interrelación de factores que van más allá de sus propios atributos de liderazgo personal.

Justamente, en segundo lugar, la restauración conservadora no tendría un planteo homogéneo de no ser por el concurso activo de los grupos corporativos de comunicación de masas. Tanto en Argentina como en Brasil, el principal actor de la oposición no son organizaciones partidarias sino grupos corporativos de medios, como Clarín y Globo. En otros casos, como Uruguay o Ecuador, los medios de comunicación dirigen una mirada selectiva sobre diversas problemáticas sociales, delineando una “agenda” con las supuestas “áreas de fracaso” de las políticas gubernamentales, desprovistas de cualquier análisis en términos societales o históricos.
De alguna manera estos gobiernos enfrentan bloqueo informativo acompañado de permanente prédica oposicionista, que es la que articula finalmente a las facciones de la oposición, a los partidos de derecha y a los sectores económicamente dominantes.

En tercer lugar, ya es un lugar común identificar los bloqueos que enfrenta la izquierda regional a nivel de las superestructuras jurídicas. Un reciente artículo sobre la situación política en Brasil (1) deja planteada la idea que existe una “clase jurídica” por fuera y enfrentada a la conducción política que hacen del Estado los sectores progresistas.

Sin entrar en el planteo de si es pertinente o no, vale la pena ir más allá del lugar común de que los poderes judiciales están bloqueando o enfrentando a los Ejecutivos, para darle un carácter más específico a la acción política impulsada por variopintos fiscales, jueces, integrantes de cortes o Tribunales Supremos. Como comentario al margen, hay que partir de que los procesos de transformación impulsados por los gobiernos de izquierda en la región, alteraron en diferente medida, las condiciones de reproducción del poder económico. Ello evidentemente genera reacción, y desajustes en la doctrina jurídica dominante; para decirlo más gráficamente, si un gobierno posibilita cambios sociales en favor de los sectores subordinados de la sociedad, el resultado esperado (y lógico) será la oposición política del poder jurídico. Para decirlo más claro aún, si un gobierno de izquierda cumple con su cometido, necesariamente encuentra bloqueos de la doctrina jurídica.

Pero lo que se incluye dentro de la idea de restauración conservadora es cualitativamente diferente: la clase jurídica está demostrando nula responsabilidad institucional, y aplica una vara para medir a los gobiernos de izquierda y otra distinta para medir a los políticos de derecha. Los representantes judiciales politizaron la Justicia y judicializaron la política, desestabilizando gobiernos democráticamente electos o generando las condiciones para aniquilar por la vía de la muerte social a dirigentes de izquierda.

Por último, todo esto no sería de las dimensiones que se viene demostrando sin la debilidad de las organizaciones de izquierda que impiden una respuesta efectiva en términos de la lucha política. Las responsabilidades de gobierno resecaron a las fuerzas políticas de izquierda que por definición se plantean como instrumentos para la lucha política permanente por la transformación de la sociedad. Para la izquierda hay como un cambio de época que se avecina: la política patrimonialista, del dedazo para designar las transiciones políticas, de sujeción al rol de ser polea de transmisión del gobierno con la sociedad, no se sostiene más. En un contexto de reflujo de la movilización política de masas, los diferentes grupos sociales encontraron vías de participación alternativa para incidir en la agenda pública, que rebasó limpiamente en muchas oportunidades a la premisa de las organizaciones políticas de izquierda, que no es otra que organizar la realidad. Unas derechas que se envalentonaron, gritan a los cuatro vientos que el tiempo de la izquierda ya pasó y fue un accidente de la historia. Dependerá de las izquierdas la respuesta a dar.

Publicado en Diario La República